
Un deseo corre por mis venas y electrocuta mis neuronas: la ansiedad de chupar pantalla. El teléfono me está agotando la batería; mi alma se desconectó hace tiempo. La torreta de mi ordenador sitia mi habitación acorralándome desde el ágora misma de mi vida ridículamente amurallada. La tecnología se ha colado en nuestras vidas cual caballo de Troya, y las ha fundido.
No, no se puede vivir eternamente conectado, enchufado, abducido, alienado. A veces me pregunto: si no miro YouTube, juego a videojuegos o me sumerjo en mis redes ¿qué hago en mi tiempo libre o de descanso? Veces en las que estoy completamente desquiciado, por supuesto. Pero este pensamiento solo me dura un minuto. Tras este, la pregunta no es ¿Cómo puedo estar sin eso?, la pregunta es: ¿Cómo puedo estar tanto maldito rato en eso?
La vida… está fuera. Si soltar nuestras pantallas nos deja un vacío en nuestras miserables vidas, habrá que enriquecerlas o llenarlas. ¿Cómo? Eso no voy a contestarlo. Estoy harto de escuchar mil ideas y consejitos cuando ya somos adultos para que nos den ideas de cómo debemos vivir y que nos salven siempre. Que a cada uno le lleve su imaginación por su mejor derrotero.
Y si alguien se aburre, que se aburra. Eso es bueno. El aburrimiento desarrolla nuestra creatividad jodida por el Sistema Educativo mugroso que tenemos. El aburrimiento desarrolla la imaginación, aunque sea, a base de insatisfacción, de aguantarse y de amargarse hasta que broten a chorros las ideas.
Pero sí diré es una cosa: necesitamos horas de contacto-cero con la pantalla. Reflexiono e intuyo que lo que más daño nos hace no es tanto la cantidad de horas que pasamos entre sus brillitos y soniditos virtuales de los cojones —estímulos azucarados e incitantes que te absorben la cabeza—, sino la constante omnipresencia de sus resplandores y sus mini-mensajes y los mini-vistazos que echamos y que embobardean (he unido embobar con bombardear como jueguecillo de palabras) la mente como granadas cegadoras de estas que atontan con su resplandor de forma intermitente. Cuando parece que, por fin, llevabas 10 minutos desconectado y concentrado o en silencio con algún otro quehacer tranquilo y fresco, cuando por fin empezaban a revivir tus neuronas groguis y adormecidas y volvías a sentirte ligero y libre, suena un mensajito y enciendes otra vez la pantalla y vuelves a sentirte cortocircuitado, acosado y trastocado por el p***ñetero móvil. Lo cual estresa bastante.
Necesitamos horas de contacto-cero. Horas en las que ni se mire ni se toque ni se abra el móvil, ni ninguna otra pantalla a poder ser. Horas limpias de ruido electrónico, cibernético o como carajos lo llamemos. Horas de desconexión y descanso absoluto para desintoxicarnos. Horas de lo que se llama en Psicología: Higiene Mental.