
El amor es el camino de la resurrección
Trabajé en un colegio donde a sus directivos y a muchos otros que no lo son se les hace el culo gaseosa cuando hablan de los objetivos del desarrollo sostenible. Y lo digo así porque no se me ocurre una manera más relajada y dulce de decirlo. Gracias a Dios y al sentido común aún son pocos a los que el culo se les queda así después de entender de verdad lo que hay tras la apariencia de la magnífica agenda 2030. Sin embargo, a todos esos que beben los vientos por ella, cuando descubran lo que realmente quieren hacer con sus hijos, o sus hermanos, o sus alumnos -si no llegan demasiado tarde- quizá se lleven las manos a la cabeza… o al culo. De todas formas, es casi seguro que llegarán tarde.
Los objetivos que todos deberíamos cumplir, o luchar por cumplir, o ayudarnos a cumplir, se escribieron hace muchos siglos en una tierra llamada Galilea, y pueden resumirse en tres grandes grupos: las obras de misericordia, las bienaventuranzas y el Padre Nuestro. Son los únicos que llevan arreglando este mundo nuestro durante más de dos mil años, y aún siguen. Son los únicos que pueden asegurar que la barca que cada hombre es llegue a buen puerto. Y son los únicos que consideran al ser humano como lo que es: la síntesis de todo el Universo que el Ser ha hecho persona.
El problema es que hoy en día existen algunos iluminados, descendientes de una Ilustración amarilla, apolillada y engreída, que no admiten al hombre tal y como es. Son los hijos de la anomía, los enemigos de la ley de Dios, la Natural. Han decidido que el hombre, tal cual es, es vírico, es un patógeno que ha de ser transmutado, transformado, transhumanizado. Han decidido hacer un hombre a imagen y semejanza de sus delirios más clóticos -sí, esa Cloto, una de las Moiras, hijas de la noche, la que hila, hacedora del destino aciago del hombre.
Escribe Hesíodo al inicio de su Teogonía que la Noche parió, sin acostarse con nadie, a las Moiras, ‘vengadoras implacables’: a Cloto, a Láquesis y a Átropo. En otro pasaje posterior de la misma obra, el autor incurre en una contradicción al afirmar que Zeus se unió a Temis y que fue ésta quien parió a las Moiras. Según el mito, estas hermanas son tres viejas hilanderas que se encargan de trazar la urdimbre de la existencia humana. Cada vida en particular es representada por una hebra de lino que sale de la rueca de Cloto, es medida por la vara de Láquesis y sufre el corte de las tijeras de Átropo cuando llega la hora de la muerte. Estas hilanderas trabajan en la oscuridad y ocultas a las miradas ajenas, en un espacio inaccesible a los humanos, en ese no-lugar y no-tiempo propios de los mitos. Precisamente esa ubicación en el abismo del no-tiempo −ese tiempo ontológicamente anterior al tiempo– posibilita que las Moiras tengan entre sus manos, literalmente, el poder de decidir sobre el tiempo humano y de acotar cada existencia individual. Cfr. El hilo de la vida. Diosas tejedoras en la mitología griega, Olaya Fernández Guerrero.
Siguen sin aceptar que el único ser que ha resucitado se llama Cristo, el Ungido, el Hijo del Padre, el único que conoce el Amor, que crea y recrea, que pinta, hila y besa, que abraza y hace resurgir la verdad una y otra vez, que mira y limpia, que canta y sana, y va eliminando poco a poco todo mal, todo dolor, toda oscuridad. Es quien nos hizo tal cual somos y quien nos mantiene tal cual quisiéramos. Ojalá nos queramos como Él nos quiso para que salgamos todos del abismo y vivamos luz, y soñemos agua, y nuestra inquietud en su nido, cuna o cama encuentre la paz al saberse amada.