
El arte de la caza
1
El monte canta
Es noche avanzada. La luna está en cuarto creciente, el ambiente es seco y hace calor. La atmósfera, singular, transparente, permite contemplar infinitas estrellas, inmóviles, diáfanas, brillantes. ¿Cuántas son? Parece que nos observan. Si tuvieran vida, no creo que mereciéramos su curiosidad. Somos poca cosa, casi insignificantes.
Se oyen, lejanos, los ladridos de los perros en el caserío. ¿Por qué ladran los perros en la noche?. Tal vez, intuyan que la luz está limitada en el espacio y que la oscuridad es infinita. Y, tal vez, sientan temor del vacío y aversión al infinito .
A mi derecha, se alza el cerro de La Cabezuela. A partir de la margen opuesta del río, se extienden las grandes manchas de Doña Mencía, El Arramal, El Chorro, El Puntal del gato.
La toponimia de estas tierras se conserva, generación tras generación. Seis siglos atrás, El Libro de la Montería de Alfonso XI de Castilla relata un lance de cacería en la cercana sierra de Guadalupe y cita los mismos nombres de parajes de campo que seguimos manteniendo, el arroyo de Iborejo, La Princesilla, el Borbollón, el cerro de Ballesteros.
El Rey, arropado por su cohorte de monteros, perreros y rastreadores, persigue, a lomos de su caballo, a un oso herido, al que denominan “venado rojo”. Es ley antigua de montería que el montero no debe abandonar a una res herida sin rastrearla y cobrarla. Trasponen la cuerda de la sierra y, dos días más tarde, alcanzan el caserío de Casillas. Allí piden “ser asistidos” por sus humildes pobladores. El cronista, posiblemente el propio rey, describe elocuentemente la pobreza de aquella gente y expresa: “e pedimos que nos asistieran e válame Dios que nos asistieran”.
No estoy solo. Sentado en la tronca seca de una encina, oigo y escucho la brama de venados, el silbo acompasado del cárabo, el grito lejano de una zorra, el gruñido de una cochina y el soplo de la lechuza que se descuelga de una encina. Como si ensayaran un concierto de tonalidades diversas, en un escenario de lindes difusas, que se extiende más allá de los cerros que encuadran el llano.
Pretendía, simplemente, pasear en campo abierto y en solitario, pero compruebo que me atrae el impulso ancestral de integrarme en este mosaico de vidas, en un universo donde vivió y se desarrolló, a lo largo de decenas de milenios, un bípedo singular, el humano.
El resto de los pobladores tienen gravada en sus genes la señal inequívoca del peligro. Si la presencia del humano es advertida, todos enmudecen y huyen. Quizás no le conozcan, pero, con absoluta certeza, le intuyen. Es el señor absoluto de la vida y de la muerte. Es el gran depredador.
En el mundo de la noche, el fino instinto de los animales capta olores y sonidos imperceptibles para nuestros sentidos. El chasquido de un guijarro, el aleteo de un ave nocturna, un golpe de brisa que revoca en una barrera, provocan su desconfianza. El animal se detiene, agudiza la percepción de todas las señales, carga de aire su olfato, escucha, calcula la distancia. Si sospecha, si no las reconoce, se aleja sigilosamente.
Mi mano derecha sostiene la empuñadura del rifle, ennegrecida por el roce y el sudor de la piel. Tengo dos balas, solamente dos, en la recámara. Enciendo un cigarro y observo que una brisa suave desplaza al humo hacia el río. Busco el viento de cara y comienzo a remontar, lentamente, el valle del Sauceral, orientado por la brama de venados, que se retiran a los encames de la mancha de La Madroña.
Surgen sonidos por todas partes. Interpreto el desplazamiento de una zorra, cautelosa, entre las hierbas altas, el aleteo de un mochuelo y el crujir de una tarasca, que delatan la presencia de una res cercana, pero invisible.
Desde el puntal del cerro de La Cabezuela podría dominar el valle, pero, con toda probabilidad, el aire revocaría en ese punto y mi olor espantaría a los venados, que regresan desde el río a sus encames de la mancha de Hollinejos. Decido continuar, valle arriba.
Han transcurrido algunas horas desde que inicié la andadura. Salvando un promontorio, abandono el encinar y alcanzo los rasos de El Colmenar, flanqueados por las espesas manchas de La Madroña y Hollinejos. Más adelante, el llano cede bruscamente y cae en barrera hasta las márgenes del río Silvadillos. Al frente, entreveo al terrero de la Media Luna, punto de referencia obligada en la extensa planicie que domina.
De golpe, siento la sacudida de una vibración intensa y, al momento, un bulto negro, que había confundido con un chaparro, salta y se aleja de mí, resoplando, con gran alboroto. Todo ha transcurrido en un instante. He perdido la oportunidad de encararme el rifle. En la penumbra, alcanzo a distinguir un gran macho de cochino que se aleja buscando el cobijo de la mancha. Sus pezuñas golpean el tambor del llano y propagan, hasta el infinito, el aviso de peligro.
El inmenso escenario ha enmudecido y comprendo que la carrera del guarro ha delatado mi presencia a todos los merodeadores de la noche.
En este punto, me vienen a la memoria los relatos de cacerías nocturnas de Corvasí.
A finales del siglo XIX y principios del XX, continuaban practicando “la ronda”, una antigua modalidad de caza. Los cazadores se situaban en “la atalaya”, un promontorio que dominaba los encinares. Desde allí, soltaban sus jaurías de perros alanos, raza de presa española, probablemente extinta y caracterizada por su valor y la dureza de su boca. “Si el alano muerde, no suelta”.
En la oscuridad de la noche, los perros exploraban la planicie. Cuando la jauría encontraba el rastro de los guarros, los cazadores abandonaban la atalaya, iniciaban la persecución, al galope de sus caballos y orientados por el estruendo de los ladridos. El lance culminaba con el agarre del cochino. Los alanos paralizaban al guarro, hasta que el cazador desmontaba y remataba al animal con su cuchillo de monte.
Era un lance de caza que exigía maestría y valor. A la dificultad de la galopada nocturna, se añadía el peligro de que el guarro se soltara del agarre. Entonces, su olfato le señalaría el olor del cazador, como objetivo preferente de su defensa. Yo he sido testigo de un agarre de montería en el cual resultaron once perros heridos o muertos, y a hombres de monte, conocedores y expertos en estas refriegas cinegéticas, que han sufrido el ataque del guarro y han necesitado meses de hospitalización para curar sus heridas.
Me siento obligado a reconsiderar mi propósito de continuar el rececho.
Estamos en el mes de septiembre y el celo de los venados alcanza su apogeo. En la mesa de Las Quirolas, lindera a la mancha de Hollinejos, berrean con fuerza dos colleras de venados. Deduzco que la brama corresponde a machos jóvenes.
En la época del celo, los venados braman, reclamando a las hembras. Los grandes machos protegen sus harenes y retan, con rabia y estruendo, a sus rivales. Los jóvenes lanzan sus bramidos al aire, pero mantienen su desafío a prudente distancia. Cercanos al encuentro, enmudecen, se abren camino en el monte y desaparecen, eludiendo el enfrentamiento con los poderosos. La confrontación, solamente, tendrá lugar entre iguales en fuerza y deseo.
Cruzo, con suma precaución, los rollos y pedrizas de la casquera de La Milanera, para remontar, muy despacio, el cirate de la mesa de Las Quirolas. Al coronarlo, siento que la mancha, ya cercana, ruge en un gran ensayo, en el cual todos los intervinientes parecen conocer el papel que han de representar.
A media distancia, en el interior de la mancha, destaca el potente reto de un gran macho. Cercanos a mí, la brama de dos venados jóvenes se encamina, con exasperante lentitud, hacia el punto del desafío. Preveo que llegarán a juntarse. El gran macho prestará atención al tropel y a la repetida respuesta de los más jóvenes, recelando que puedan avanzar, seguidos por hembras. Si logro unirme a esta collera, podría alcanzar el lugar del encuentro y enfrentarme a él.
Decido aguardar e iniciar la travesía de la mancha, cuando se internen en la maleza. Escucho con atención y mido la cadencia del desplazamiento de los venados. Finalmente, rompo las primeras taramas y penetro en el monte.
La collera avanza, cargándose de aire, atropellando innumerables especies de vegetación, que se entrecruzan y conforman un muro infranqueable. Formamos un único frente. Les sigo, muy despacio, tratando de confundirles, adaptándome a un ritmo y tropel que ellos singularizan y distinguen entre los infinitos sonidos de la mancha. Permanezco atento a la trocha que abren, pisando sus huellas. En ocasiones, me guía el olor del celo que ellos exhalan. Si pierdo su rastro y yerro la trocha, no podré continuar ni regresar hasta que brille la luz del día.
Amanece. Los venados que me han precedido en la penosa travesía de la mancha, han enmudecido. A media distancia, en la cima de una barrera, truena el bramido grandioso del gran macho que, de forma persistente y durante horas, nos ha retado. El matorral vuelve a apretarse, cuando comienzo a remontar en el sentido de la brama.
Un fuerte tropel hace crujir el monte que me aprisiona. El gran macho, ciego por el instinto y encelado por el insistente reto de la collera, acude al reclamo y se viene hacia mí, con el estruendo de una avalancha. Siento que mi corazón late aceleradamente.
Atenazado por la espesa vegetación, hinco la rodilla en tierra, corro el cerrojo del rifle y encaro el arma, sujetándola fuertemente contra el hombro.
La palmatoria de una cornamenta gigantesca se hace visible sobre la cimera del jaral. Entreveo su frontal, semioculto entre las medras más altas, y compruebo que me encuentro ante un gigante. Calculo la posición del pecho, aprieto el gatillo y el monte retumba. Oigo un rebote de fuga y, con los últimos ecos del disparo, se hace un silencio profundo.
La res está herida y huye atropellando monte. Habré de seguirla e interpretar su rastro, si la sangre es de color rosa u oscura, si gotea o forma reguero, si mancha el monte a baja o media altura. Las muestras de sangre evidencian que alguna vara del matorral ha partido la bala y, probablemente, alguna esquirla haya alcanzado su paleta delantera izquierda.
Una res de tal fortaleza, y tocada por esa herida, podrá recorrer una gran distancia y morir, días más tarde, en cualquier punto lejano. Habré de regresar, en compañía de un buen pistero experto, para continuar un largo y minucioso rastreo.
El sol brilla con fuerza. Apresado en la espesa y apretada vegetación, mi vista no alcanza más allá de unos palmos. Los cerros de Los Pachorras y de la Media Luna despuntan sobre el amplio tapiz verde de la mancha de Hollinejos y me sirven de referencia para establecer mi posición. Inicio el regreso, volviendo sobre mis pasos, hasta alcanzar un cañadizo, de tierra gris blanquecina y escasamente poblada de brezos.
Me detengo para descansar. En el fragor de la mancha, los movimientos de los animales son pausados y lentos. Antes de romper el día, saciados de agua y comida, llenando sus hocicos de aire y guiados por su instinto, han regresado al refugio de sus encames.
Me siento solitario e inmerso en este medio hostil, hábitat y refugio natural de animales libres, que bullen en derredor mío. El monte ha recuperado el concierto de sonidos variopintos. Pájaros, roedores, alimañas, cochinos y venados comparten este mundo. Adivino el bullicio de los juegos de los lechones, bajo la atenta vigilancia de la cochina, siento los cantos de mil pájaros, el zumbido del vuelo de las torcaces y la lucha de dos navajeros enzarzados en duelo.
Un mirlo chillón escapa de un corro de madroñas, interrumpiendo la paz del berezal. Agudizo el oído. Creo percibir un ligero tarameo a mi izquierda y contengo la respiración. Percibo un segundo chasquido, más próximo, más cercano. El sonido hueco de una cuerna, rozando leña, me avisa de la llegada de un macho cervuno.
De nuevo, rodilla en tierra, aguardo su entrada en el rodal. Solamente dispongo de una bala, una única bala, en la recámara del rifle. Un venado corpulento, aunque discreto de cuerna, se asoma, totalmente ajeno a mi presencia. Libero con sigilo el seguro del arma, apunto y presiono el gatillo. El animal dobla sus patas y se derrumba, apoyando el vientre contra el suelo. Luego, agita la cornamenta de su cabeza, que continúa manteniendo erguida, y trata inútilmente de incorporarse y ponerse en fuga.
El argot de los monteros define este lance como “llenarse de pelo”, por entender que el cazador confía en la proximidad de la res y desprecia la precisión del tiro.
No dispongo de cuchillo de monte y carezco de munición para rematarla. Estoy en pié, ante el venado abatido. Ambos nos observamos, largo rato. Esta bella bestia no merece ser rematada torpemente. No le someteré a una cruel agonía, golpeando su cerviz con una piedra o una estaca.
Tomo asiento sobre los brezos. Huelo a sudor y a monte. El sol brilla con fuerza y comienza a calentar. Alzo la vista, contemplo al venado que permanece inmóvil, aparentemente sereno. De nuevo, nuestras miradas se cruzan.
Giro sobre mis piés, me oriento por la referencia del terrero de la Media Luna y, rasgando la ropa, me abro paso hasta la mesa de Las Quirolas y me encamino hacia el caserío.
2
Epílogo
Días más tarde, en una charca en el interior de la mancha de Hollinejos, hemos cobrado el venado herido en el berezal. Siguiendo el rastro del gran macho y vadeando el río, alcanzamos las cercas de alambre de espino del lindero. Allí fue rematado. La ley de los monteros adjudica la propiedad de la res al autor de la primera sangre. Nuestro vecino se ha negado a entregarla. Más tarde, exhibirá la cabeza de este gran venado, pegada a una tabla, adosada a la pared y adornada con una medalla de oro. Yo conservaré mis recuerdos.
3
Colofón
Se tilda de práctica de crueldad con los animales al ejercicio de la caza y a las corridas de toros. Es preciso recordar que somos mamíferos, bípedos y carnívoros, que la dotación de los sentidos de nuestros ancestros era inferior a la de las presas que perseguían y que lograron sobrevivir ejercitando la caza de los animales y superándoles en astucia, para abatirlos.
Conviene que reflexionemos sobre los juicios que emitimos y las descalificaciones que manifestamos, analizar de dónde venimos y lo que somos, y comprender la diferencia que define y distingue a la crueldad torpe y gratuita de la refriega, de la lucha y de la pelea noble con el mundo animal, cuyo ejercicio y características están gravadas en nuestros genes y son inherentes a la identidad humana. Podemos interpretarla de mil formas y maneras, pero debemos ser conscientes de que la realidad es la realidad y permanecerá siempre inmutable y ajena al sentido que nosotros pretendamos darle.
Félix Ángel González