
No vayas fuera, vuelve a ti mismo. En el hombre interior habita la verdad (San Agustín).
El ser humano no es feliz por sí mismo: no es un ser perfecto, pleno, realizado, sino que es un ser que nace inmaduro, una realidad por desarrollar. La felicidad no es una algo inherente a nosotros sino que es un camino que recorrer y una meta por conquistar. Por eso todo ser humano debería preguntarse en algún momento de su existencia —y mejor pronto que tarde— ¿dónde está la felicidad?, ¿cómo conseguirla?, ¿cómo se aprende el arte de vivir?
La sociedad neurótica de nuestro tiempo
En cuanto a felicidad —y por tanto en todo lo demás—, el mundo está bastante mal. Muy en especial, los llamados países desarrollados: muy desarrolladitos en cuanto a la técnica y la tecnología, la economía, la seguridad en las calles, siendo expertos en el ocio, las distracciones, la comodidad y muy avanzados en los medios de información y comunicación, pero que son también líderes mundiales en los ránquines de suicidio, depresión, estrés y ansiedad, patologías estrechamente relacionadas con la felicidad. También numerosas encuestas sitúan los índices de felicidad, satisfacción y bienestar por debajo de muchos países menos desarrollados o pobres. Por tanto, algo falla. Teniendo todo lo supuestamente importante para ser felices, no lo somos.
El psiquiatra Javier de las Heras analizó en su libro La sociedad neurótica de nuestro tiempo una enorme cantidad de estadísticas sobre salud mental y felicidad y concluyó que vivíamos en una de las sociedades con más patologías mentales de la historia, y que ello se debía, según Javier, a la enorme crisis de valores que estamos sufriendo.
¿Qué es eso de la crisis de valores? Pues que seguimos en la cultura un tanto hippie basada en el todo vale: no existe lo bueno y lo malo, todo es relativo. Esto nos proporciona una aparente sensación de libertad —de poder hacer lo que nos dé la gana sin ser juzgados— pero es una libertad superficial que nos roba lo más importante: el criterio para acertar con esa libertad. Por eso no sabemos ser felices. No sabemos distinguir lo que nos hace bien de lo que nos hace mal, y toda propuesta de ética universal se rechaza y se critica: <<¡No hay verdades absolutas!, todo es relativo>> se dice. —Aunque es una obvia contradicción, ya que la expresión “no hay verdades absolutas, todo es relativo” es una sentencia absolutista en sí misma—. Por esto no sabemos qué hacer con nuestra libertad, cuál es el camino para ser felices ni para hacer felices a los demás. Esto nos deja perdidos y desorientados ante la vida.
Así hay personas que eligen los estudios que más les agrada a sus padres o la más valorada socialmente, en lugar de escoger lo que les apasionan. También hay padres que se centran demasiado en sus hijos olvidando cuidar de su matrimonio y de sí mismos. O enamorados que viven una relación desquiciada y tóxica, llena de dependencia, donde uno somete en gran medida al otro. Todo porque nadie nos ha formado para adquirir un criterio en cuanto a cómo relacionarnos, a cómo tomar decisiones o a cómo ordenar nuestros principios y prioridades.
En otras ocasiones, sucede que, si bien hay valores, suelen ser valores mediocres como el poder, la apariencia, el dinero, el éxito, la aceptación social o el placer, que no nos dan la felicidad, más bien nos vuelven cada vez más insatisfechos y egoístas. Son valores que acaban dejándonos solos y con un pasado lleno de vacíos, engaños, culpas y heridas que hemos dejado a nuestro paso y que nuestra conciencia no soporta. Vacíos que seguimos tapando con más parches, sucedáneos o paliativos. Aquí comienza nuestra kenosis: un descendimiento hasta tocar fondo.
En ocasiones esos paliativos se acaban o dejan de hacernos el efecto que nos permitía conservar la aparente paz y entramos en la desesperanza. Es entonces cuando nos acordamos de aquella persona que nos amó aun siendo malos y egoístas y que no nos giró la cara cuando la herimos o la abandonamos. En ese momento cuando nos replanteamos si somos realmente felices y qué hemos conseguido hasta ahora con nuestra vida o qué camino estamos llevando. Cuando vemos que nuestro camino no nos lleva más que a la decadencia hasta un infierno, aparece ante nosotros la nada: el vacío interior, y con él, la frustración del fracaso y la angustia de vernos perdidos.
El ser humano necesita tener principios y valores sobre los que tomar decisiones, dar un sentido a su vida y además, acertar con ese sentido. Necesitamos hacer algo con nuestra vida y algo que sea bueno y útil para nosotros y para los demás, así será algo que nos haga felices y aporte felicidad a los demás. De lo contrario, uno sentirá que su vida no vale para nada, que no es nadie, que nadie debería quererle y que no hay motivos para ilusionarse ni para la felicidad.
En esta situación de crisis existencial se experimenta el sufrimiento más profundo, que es el más extendido en esta sociedad y la primera causa del suicidio: el vacío y la angustia existenciales. Solo que, como hemos dicho antes, estos sentimientos se pueden tapar o envolver para huir de ellos. Hay mucha gente que tiene este vacío y que, sin embargo, se cree que es feliz y no lo es. Esto se debe a que las personas tenemos cierto margen para poder reprimir los sentimientos negativos.
Podemos recurrir a diversas drogas —en el sentido tanto figurado como literal— que nos anestesian de nuestro verdadero estado ansioso-depresivo. Hay muchas drogas domésticas u ordinarias como el ocio, el trabajo frenético, la fiesta desfasada, la vida social intensa, la música, las relaciones tóxicas, fatuas e híper-románticas, el sexo, los estudios o cualquier otra cosa buena que se utiliza como obsesión. E incluso podemos recurrir a evadirnos pensando en preocupaciones menores y más superficiales que las que de verdad importan, con tal de no mirar nuestro vacío y ocuparnos de lo que de verdad está mal. Utilizamos preocupaciones como el pago de la luz, el estrés de trabajo, la política, los problemas matrimoniales, achacando a todas estas cosas nuestra infelicidad para no ver las que verdaderamente duelen e importan.
En el fondo, el corazón de muchas personas está enfermo, lleno de un gran cúmulo de sentimientos negativos reprimidos de los que no hacen más que huir y evadirse para no verlos. Y los problemas que más tapamos son los espirituales: el vacío, el aburrimiento, la desilusión, el anhelo de ser amado… la infelicidad en general. Los tapamos con otras emociones o sensaciones para apagar la conciencia.
No quiero deprimir a nadie, solo iluminar una verdad de la que han hablado la gran mayoría de los sabios, filósofos, artistas y que también se está estudiando en la Psicología, para más tarde hablar de la solución, que también es más que conocida.
Una prueba para evaluar si tenemos este problema está en ver si nos cuesta pararnos o quedarnos a solas con nosotros mismos. Normalmente estás personas hacen mil actividades, viven muchísimas experiencias, o bien trabajan constantemente, están siempre con alguien, pasan la vida distraídos o conectados al teléfono. Luego, cuando se relacionan, lo hacen buscando siempre algo a cambio. Puede ser atención, cariño, ser escuchados, ser aceptados, apoyados, o bien reconocidos, adulados, valorados, o incluso conseguir favores, tratos, poder, influencia, etc.—, o buscando divertirse y despejarse siempre, pero en el fondo no aman realmente ni se aman a sí mismas.
¿Qué sucede cuando nos paramos? Nos aburrimos profundamente, luego nos ponemos nerviosos o estresados, nos sentimos tristes, y entonces salimos corriendo huyendo de nosotros mismos. La persona que no sabe convivir consigo misma, se vuelve insoportable también para los demás. Esto se observa sobre todo en la convivencia y en la familia. De ahí que la mayoría de matrimonios y hogares de esta sociedad se rompan. Nos estamos volviendo insoportables, aunque solo se vea en la intimidad.
En resumen, la felicidad hoy día es mucho menos frecuente de lo que parece: es disimulada, oculta, reprimida, enmascarada, tapada y falseada. El ser humano necesita desnudarse por capas, despojarse de todos esos sucedáneos y paliativos para llegar a ver lo que realmente es y conocer lo que realmente le hace sufrir. Y este proceso se hace mejor si nos guían los buenos principios y valores universales, nuestra buena intuición y conciencia y si miramos este viaje con la mayor de las esperanzas: el amor y el consejo de alguien que es más feliz que nosotros y que nos quiere.
Continuará…
Juan Carlos Beato Díaz
Psicólogo y Coach del Centro IPæ