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La verdad como inspiración, por Leonardo Polo

San Agustín dice que cantar es orar dos veces porque era un gran amante de la verdad. La verdad de la ciencia moderna es una verdad aplicable, una verdad de la que se saca algún resultado. Quedarse en este sentido de la verdad resulta muy pobre. Para un sujeto libre la verdad es más: no es descender desde ella hasta sus aplicaciones, sino ascender hasta la verdad cantada. El canto es la audición de la verdad de acuerdo con la propia entraña. Insisto: solamente un ser personal es capaz de ello.

En la verdad todo el hombre tiembla. Eso es lo que cantan los Salmos. Por eso suelo decir que el encuentro es un encontronazo. Cuando la verdad es encontrada por el ser libre, tiene lugar el enamoramiento. La libertad lleva más allá la verdad en virtud de la inspiración enamorada. En la persona la verdad y el amor están unidos antes de su distinción en operaciones de facultades distintas.

La verdad en el hombre es indisolublemente amor, superabundancia, en lugar de un remedio necesitado. Lo dice Rilke: el hombre está más allá de todo fin. No se puede decir que lo que sigue a la verdad no sea verdad. Toda la hondura del espíritu se despliega en el canto, y sin verdad es imposible cantar.

Con la asistencia del Espíritu Santo, puedo cantar incluso la verdad divina, aunque todos mis cantos se queden cortos. Hegel no se da cuenta de que el espacio creativo humano no se refiere a la verdad absoluta, ni de que existen otras verdades que se orientan a ella. «Yo soy el camino, la verdad, y la vida». No hay verdad sin camino, y no hay verdad fuera de la vida. El camino es recorrido por la libertad con la verdad. En el Cielo debe de pasar algo parecido, porque no me parece acertado concebir la bienaventuranza como un estatismo tedioso. En el Apocalipsis el canto es manifiesto.

Si la libertad se entiende como espontaneidad, la verdad es su formalización o determinación terminal. La verdad entendida al modo moderno elimina la inspiración. Y sin atenerse a la verdad la vida se vuelve átona, enervada, inercial.

El mal es falta de inspiración. El mal no es creado, sino falta de coraje. El acto malo es signo de libertad; pero la libertad en el acto malo no añade nada sino que sucumbe en él. El mal no inspira, no es generativo. La señal de la verdad es la alegría. Toda visión pesimista, preocupada, procede de que lo abierto ante la mirada se ha oscurecido. Por el contrario, la alegría se manifiesta en la luz de la mirada. La alegría es una añadidura que la persona pone en su encuentro con la verdad. Y la inspiración libre es generativa.

Ante el dolor no cabe iluminación de la mirada, salvo que el dolor esté descifrado. El dolor no significa nada: como tal carece de sentido. Por tanto, constituye un obstáculo al encuentro con la verdad. Aparece como un muro infranqueable para la libertad. A lo sumo, el dolor puede ser aprovechado como un factor para la maduración del hombre, pero no puede ser atravesado ni ser un camino para la trascendencia. Solamente Cristo ha dotado de sentido al dolor. Cristo ha hendido el muro. Pero de este asunto me ocuparé en otro lugar.

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